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sábado, 3 de mayo de 2008

El viejo y el mar de Ernest Hemingway





Ernest Miller Hemingway (
Oak Park, 21 de julio de 1899 - Ketchum, 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense reconocido con el Premio Nobel de Literatura de 1954.
1. Biografía
Primeros años
Ernest Miller Hemingway nació el 21 de julio de 1899 en
Oak Park, un suburbio de Chicago. Era el segundo de seis hermanos (cuatro chicas y dos chicos). Su padre, Clarence Edmond Hemingway, era médico y le gustaba la caza y la pesca. Su madre, Grace Hall Hemingway, había estudiado música y le hizó interesarse por la música. El padre de Ernest poseía una casita con terreno en el Lago Bear. Allí Ernest aprendió a pescar(con tres años era ya capaz de manejar una caña) y a cazar (con doce empuñaba la carabina). Estudió en el Instituto de Secundaria de Oak Park y River Forest, donde aprendió a tocar el violonchelo y formó parte de la orquestra. Era capitán del equipo de waterpolo y jugaba a rugby. Se interesaba también por el boxeo y peleaba con sus compañeros en los descampados. En los estudios destacó en lengua, pero sentía apatía por las otras asignaturas. Mostró sus aptitudes literarias en el diario escolar, usando el alias Ring Lardner, Jr. Al acabar sus estudios, en 1917, no quiso ir a la universidad, como quería su padre, ni quiso perfeccionar sus estudios de violonchelo, como su madre quería. Se trasladó a Kansas y en octubre de 1917 comenzó a trabajar de reportero en el Kansas City Star, con un sueldo de 15 dólares a la semana.
Primera Guerra Mundial [editar]
Los
Estados Unidos entraron en guerra el 6 de abril de 1917, y Ernest no quería perderse la ocasión de seguir el Cuerpo de Expedición Americano, como hicieron John Dos Passos, William Faulkner o F. Scott Fitzgerald. Pero debido a un defecto en el ojo izquierdo, fue excluido como combatiente. Consiguió hacerse llamar como conductor de ambulancias de la Cruz Roja y desembarcó en Burdeos a finales de Mayo de 1918, para marchar a Italia. El 8 de julio de 1918 fue herido de gravedad por artillería austriaca. Con las piernas heridas y una rodilla rota, fue capaz de cargarse a hombros un soldado italiano para ponerle a salvo. Caminó 40 metros hasta que se desmayó. La heroicidad le valió el reconocimiento del gobierno italiano con la Medalla de Plata al Valor. Durante su recuperación en el hospital de Milán se enamoró de una joven enfermera, Agnes von Kurowsky, quien más tarde le plantaría por un oficial napolitano. Regresó a Estados Unidos en Enero de 1919, reanudando su trabajo como periodista en el Toronto Star y como redactor del mensual ‘‘Cooperative Commonwealth’’. Se casó con Elizabeth Hadley Richardson, 8 años mayor que él, el 3 de Septiembre de 1920. La pareja se trasladó a París en 1922.
Entreguerras: París y la Generación Perdida
En
1923, al poco tiempo de llegar a París, nació su primer y único hijo, John Hadley Nicanor Hemingway, al que llamaba "Bumby". En París conoció los ambientes literarios de vanguardia y se relaciona con los miembros de la llamada Generación Perdida: Gertrude Stein, Ezra Pound y F. Scott Fitzgerald entre otros. La familia Hemingway vivía en un austero piso, pero cuando Ernest escribía a su familia les contaba que vivían en la mejor zona del Barrio Latino. Sus comienzos literarios no fueron nada fáciles. Sus primeros trabajos: Tres historias y diez poemas (1923) y En este mundo (1925) pasaron inadvertidos. Ernest se ganaba la vida como corresponsal y viajó por toda Europa. También se empleó como sparring para boxeadores y “cazaba” palomas en los Jardines de Luxemburgo cuando sacaba a pasear a su hijo, pues los ahorros mermaban y no ganaba mucho.
Nueva etapa
El año 1925 supuso el descubrimiento de Hemingway para los editores americanos, y el año en que escribió su primera novela,
Fiesta. El nuevo estilo que mostró en este libro, retrato del París bohemio de los años viente y buena parte de inspiración autobiográfica, dejó atrás una literatura más experimental y oscuro, resultando más impactante y exitosa. También en Muerte en la tarde, relata sus experiencias en España, país que ya comenzaba a adorar, y en el que aún hoy quedan testimonios de su presencia.
En
1929, edita Adiós a las armas, novela de contenido autobiográfico, ya que está basada en su paso por la guerra y sus experiencias en el frente de batalla. Le siguen dos ediciones más optimistas, que tratan dos temas que le apasionaban: las corridas de toros, en Muerte en la tarde, y África, en Las verdes colinas de África (1935). En 1928 regresa a Estados Unidos con su segunda esposa, pero pronto parte hacia Cuba. A partir de ese momento, comienza en él una curiosa y definitiva transformación. Se aleja del individualismo, como puede advertirse en Tener o no tener (1937), que describe el fracaso de una rebelión individual, y se compromete con la lucha humanitaria y con la unión de las personas. Compromete su escritura en esta nueva etapa con los republicanos españoles durante la Guerra Civil Española, compromiso del que da testimonio en el guión del filme documental Tierra española, en la obra de teatro La quinta columna (1938) y por supuesto en Por quién doblan las campanas, obra maestra de la literatura universal.
Segunda Guerra Mundial
Estalla la
Segunda Guerra Mundial. Su destino era el mar de Las Antillas y su misión, patrullar con el fin de capturar barcos de bandera nazi. En 1944 viaja a Europa como corresponsal de guerra, participa en misiones aéreas de reconocimiento en Alemania y forma parte del desembarco en Normandía, siendo uno de los primeros soldados en entrar en París. Hasta 1950 no vuelve a escribir. Al otro lado del río y entre los árboles, es su primera publicación después de aquellos turbulentos años de guerra.
El viejo y el mar
En
1952 sorprende con un breve relato encargado por la revísta Life, El viejo y el mar, por el que recibe el premio Pulitzer en 1953. La historia narra la experiencia de un viejo pescador cubano que ha tenido una mala racha y sale de pesca decidido a terminarla. Un año más tarde obtendrá el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra.
Últimos años
A partir de ese momento intenta escribir una novela sobre la
Segunda Guerra Mundial, que finalmente nunca concluiría. Y vuelve en nuevos relatos, a aquellos años de juventud en París y España (París era una fiesta), lugares en los que fue "muy pobre, pero muy feliz", añorando la sensación que le provocaba ser un joven soñador, valiente y arriesgado, que no sólo escribía sobre acontecimientos que un día pasarían a ser parte de la historia, sino que además era parte de ella. El 2 de julio de 1961, quizás decidió que no podía escribir más, y se disparó a sí mismo con una escopeta. Dada la ausencia de una nota de suicidio y el ángulo del disparo, es difícil determinar si realmente su muerte fue autoinfligida o si fue un accidente.
2. Obra
Relatos
Tres relatos y diez poemas (Three Stories and Ten Poems);(
1923)
En nuestro tiempo (In Our Time);(
1925)
Hombres sin mujeres (Men Without Women);(
1927)
El ganador no se lleva nada (Winner take Nothing) (
1933)
La quinta columna y los primeros cuarenta y nueve relatos (The Fifth Column and the First Forty-Nine Stories)(
1938)
Novela
The Torrents of Spring (
1926)
Fiesta (The Sun Also Rises) (1926)
Adiós a las armas (A Farewell to Arms) (1929)
Muerte en la tarde (Death in the Afternoon) (
1932)
Las verdes colinas de África (Green Hills of Africa) (
1935)
Tener o no tener (To Have and Have Not) (1937)
Por quién doblan las campanas (For Whom the Bell Tolls) (1940)
Al otro lado del río y entre los árboles (Across the River and into the Trees) (
1950)
El viejo y el mar (The Old Man and the Sea) (1952). Premio Pulitzer en 1953.

Otras
Hombres en guerra (Men at War) (
1942). Antología.
Obras publicadas póstumamente
The Wild Years (
1962). Recopilación.
París era una fiesta (A Moveable Feast) (1964). Novela.
Enviado especial (By-Lines) (
1967). Artículos periodísticos para el Toronto Star.
Islas en el golfo (Islands in the Stream) (
1970). Novela.
The Nick Adams Stories (
1972)
88 Poems (
1979)
Selected Letters (
1981)
True at first light (
1999)

El viejo y el mar (The Old Man and the Sea) es una
novela escrita por Ernest Hemingway en 1951 en Cuba y publicada en 1952. Fue su último trabajo de ficción importante publicado en vida y posiblemente su obra más famosa. La historia se centra en un viejo pescador cubano (Gregorio Fuentes, que en la novela le llama Santiago) y su lucha con un pez espada de gran tamaño.
Aunque la novela ha sido objeto de diferentes críticas, es considerada como uno de los trabajos de ficción más destacados del
siglo XX reafirmando el valor literario de la obra de Hemingway. La novela ha sido llevada al cine en numerosas ocasiones siendo la adaptación de 1958 protagonizada por Spencer Tracy una de las más populares y conocidas.
En
1953 Hemingway recibió el Premio Pulitzer y el Nobel de Literatura al año siguiente por su obra completa.



3. Análisis de la novela El viejo y el mar
Sabemos que el buen literato no describe objetos sino ámbitos, no relata hechos sino acontecimientos, no expresa procesos de producción fabril sino procesos creadores. Al percatarnos de ello, nos elevamos al nivel de realidad y actividad en que se mueven las obras literarias valiosas. Así, El viejo y el mar no se reduce a contarnos las peripecias por las que pasa un viejo pescador para atrapar un pez fuerte y voluminoso, y la decepción que sufre cuando ve que su capacidad de defensa no es suficiente para evitar que los tiburones devoren poco a poco su codiciada presa. En caso contrario, este relato de aventuras marinas podría resultar divertido pero carecería de todo valor estético. Lo que nos revela aquí Hemingway es el sentimiento de vinculación fraternal que alienta en el viejo pescador respecto a muchas realidades de su entorno, incluso aquellas a las que agrede y mata en función de su oficio de pescador. Al ver los delfines que nadan y resoplan en torno al bote, exclama: «Son buena gente, dijo. Juegan y bromean y se aman entre ellos. Son nuestros hermanos, como los peces voladores. Entonces empezó a sentir lástima del gran pez que había enganchado.

3.1. Argumento
Santiago es un viejo pescador
cubano. Le seguía un joven muchacho llamado Manolito, quien le tenía un aprecio muy grande. Un día Manolito tuvo que dejar a Santiago por órdenes de su familia, para ir con pescadores con mayor suerte que el viejo con respecto a sus pescas. Sin embargo, él joven muchacho le seguía ayudando y haciéndole compañía.
Un día el viejo salió a la mar con el objetivo de terminar con su mala racha en la pesca. El muchacho le había conseguido
cebo. Al cabo de unas horas de navegar, tras haber perdido de vista la costa, un pez picó el anzuelo. Era un pez enorme, dispuesto a luchar hasta la muerte, si era preciso. La barca navegó a capricho del pez mar adentro. Las fuerzas del viejo cada vez iban a menos y predecía que el pez le podía matar, pero tenía una fuerte determinación por conseguir sacarlo del agua, y no le importaba si tenía que dejar su vida en el intento. Tras una larga y dura batalla, el pez tuvo la peor suerte, y el viejo, rebosante de felicidad, ya que no creía que el pez fuese tan inmenso, lo amarro al costado de la barca, para poner rumbo a la costa. "Era tan grande, que era como amarrar un bote mucho más grande al costado del suyo". Todo su empeño habría sido inútil si no consiguiese llevar el pez a tierra firme. Sin embargo, y para su desilusión, apareció un tiburón. Cuando el escualo se acercó a comer el pez el viejo le asestó un mortal golpe en la cabeza con su arpón. Se había librado del tiburón, pero no tardarían en acercarse otros más siguiendo el rastro de la sangre desparramada del pez herido. El viejo logró batirlos, pero se habían comido medio pez. Por la noche se le acercaron más, que acabaron con él, dejando solo la cabeza, la espina y la cola, suficientes para dar testimonio de la hazaña.
Así, llego por fin a puerto. Era de noche y no había nadie para ayudarle a recoger. Cuando terminó se fue a su casa a dormir. A la mañana siguiente el muchacho, muy preocupado, fue a su casa para ver cómo estaba y le prometió que saldría a pescar con él. Los demás pescadores reconocieron el mérito de Santiago, al ver los restos del pez, que era un Pez Espada.
3.2. Estructura
Cronológico lineal, tiempo pasado contado en tercera persona."El Viejo y el Mar", novella en inglés, para nosotros una novela corta, permitió a Hemingway ganar el premio Pulitzer en 1953 y después el Nóbel de Literatura en el 54. En esta obra Hemingway desarrolla una complicada trama en la que demuestra una vez más cuán pequeño es el hombre ante la naturaleza, pero cuán grande es aquel que tiene honor y dignidad para afrontar las dificultades.3.3. Estructura dramática
La estructura que sostiene la acción dramática se basa en una poderosa trama en la que Santiago, el viejo, debe luchar con el enemigo más difícil de vencer: la naturaleza. Y la naturaleza es personificada por el mar con sus grandes peces y tal vez se deba incluir al destino también. El mismo protagonista y los demás pescadores, creen en el propio destino. En este caso todos están convencidos que el destino conduce a Santiago al fracaso. Aquí surge una pregunta: ¿Podrá el viejo lograr su cometido antes de que desfallezca?Sólo hay dos opciones.
Hay una sub-trama. Se trata de Manolín quien acompaña al viejo pescador hasta su salida a la mar número 40 sin éxito. El viejo Santiago desea y ruega que el muchacho vuelva con él y lo acompañe en sus días solitarios, pero eso no es posible debido a su mala suerte. La vida de Santiago está ligada a los peces que logre llevar a puerto. El no cejará en su intento por conseguirlo, de ello dependerá su suerte para no sucumbir, pues ya lleva 84 días de malas.He ahí la importancia y urgencia del viejo a enganchar un pez. Y ese día -el día 84 - justamente, pica un gran pez espada, y el viejo lucha con él por tres días consecutivos. En una lucha de titanes, como esa vence el que tiene más inteligencia, de eso el viejo estaba convencido: el hombre es superior al animal, pero "...a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles.".3.4 Trama principal
se resuelve negativamente, pues, aunque el viejo logra dominar al noble animal, éste es devorado sistemáticamente por los tiburones y sólo le dejan el espinazo. Es un hermoso triunfo moral. El viejo Santiago demuestra su hombría y capacidad física e inteligencia, pero el fin por el cual un pescador hace tamaño esfuerzo, es una retribución en metal, y al no obtenerla el resultado final significa un fracaso rotundo.
Si bien por un lado hay fracaso, en la sub-trama hay éxito a consecuencia de su heroica acción. Esta acción se supone levantó gran admiración en todo el poblado, y especialmente en Manolín y su familia por tanto Manolín cuando lo ve maltrecho tirado en su cama se pone a llorar, ahora lo admira mucho más que antes.
Cuando el viejo se despierta Manolín le dice con lágrimas en los ojos que volverá a pescar con él, no importa lo que digan sus padres.
Una actitud creativa ante la vida
El mar se presenta ante el pescador como un gran campo de posibilidades, un «ámbito de realidad» lleno de dinamismo, de posibles interrelaciones y, por ello, desbordante de belleza. Casi todos los elementos de ese ámbito inmenso e inagotable constituyen para el protagonista un haz de posibilidades creadoras. De ahí su afecto fraternal hacia todos ellos. Un lugar especial lo ocupan los peces voladores. Pero también estima «las pequeñas, delicadas y oscuras golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando y casi nunca encontraban»; y las medusas, «con sus largos y mortíferos filamentos purpurinos», y las benéficas tortugas, y los patos salvajes, las marsopas, los bonitos y los delfines... Al mar pertenecen también la multitud de pajaritos que vuelan muy bajo sobre el agua, y las estrellas que relucen en lo alto. «Estoy tan despejado como lo están las estrellas, que son mis hermanas»

4. Caracterización
En toda la novela hay poca descripción de los dos personajes principales. Para describir al viejo, Hemingway sólo emplea un párrafo, y más que nada, detalla las manchas y arrugas en la cara y dice que sus ojos son del color del mar, después da esporádicos datos con alguna otra característica del personaje. Hemingway en una oportunidad llamó "iceberg" a la técnica de no mostrar todos los datos de la historia, similar a un verdadero iceberg en la cual sólo se puede "ver" una pequeña parte de su real dimensión. Esta técnica fue llamada "el dato escondido" por Vargas Llosa.
En la obra se conoce muy poco acerca del pasado del viejo, apenas se menciona que en una pared él tenía una foto de su esposa pero que la quitó porque lo hacía sentirse muy solo, no se menciona si tuvo hijos. Acerca de la localidad, se sabe que el puerto está cercano a La Habana, no sabemos sin embargo el nombre, tampoco aparece en forma directa algún otro personaje aparte del protagonista que en alguna parte se dice que se llama Santiago y el muchacho que por ahí encontramos que se llama Manolín.En ésta novela corta y el cuento "Los Asesinos" podemos reconocer algo del estilo minimalista que caracterizó a Hemingway desde sus primeros cuentos en 1925.La técnica de Hemingway que influyó grandemente en los escritores más jóvenes, es exitosa porque construye un realismo hecho desde el punto de vista del lector, no del autor como era antes. En estas dos obras de Hemingway, el lector forma su propia opinión acerca del personaje y la conclusión. El lector es inducido a imaginar cierta partes tal como se imagina la cantidad de hielo que hay debajo del iceberg en el mar. Y ello con tan sólo leer unos cuantos datos que dosifica el autor y no una descripción completa. Esto se nota en el cuento "Los Asesinos", no se llega a saber cuales fueron los motivos por el cual el sueco es perseguido por los asesinos y solo se supone que es algo malo relacionado con la mafia de Chicago. Este estilo moderno tiene su mayor ventaja en que el lector, al haber sido obligado a usar su imaginación para completar el retrato del personaje o la escena o la localidad, grabará en su memoria tales hechos por un periodo más largo, lo que no ocurre con la técnica antigua en la que todo le es dado al lector: casi masticado.

5. Tema
Una persona mayor, cargada de experiencia, se siente fracasada profesionalmente, se esfuerza por salir adelante y, cuando cree tener el éxito en la mano, ve que una agresión externa le derrumba toda su ilusión. Ante este drama puede reaccionar de modos diversos. Pero lo hace de forma muy positiva por no haber adoptado en la vida una actitud posesiva ante los seres del entorno, sino respetuosa y dialógica, y ser sensible a la amistad. La amistad con un joven menesteroso sumamente amable le da ánimo para seguir viviendo con paz interior.
6. Apreciación crítica
El mar se presenta al pescador como un lugar de entreveramiento de ámbitos; entreveramiento armónico o colisional: un verdadero campo de encuentro múltiple y dramático. «Es dulce y muy bello. Pero puede ser muy cruel y se vuelve así de repente, y esos pájaros que vuelan, picando y cazando, con sus tristes vocecillas tienen una naturaleza demasiado delicada para el mar»
3. Por eso su relación con el mar es personal, y está llena de sentimiento y simbolismo. Al estar relacionado de esta manera, se siente acompañado, aunque se halle aislado en alta mar, ante un horizonte sin límites. «Miró por encima del mar y se percató de lo solo que estaba. Pero pudo ver los prismas en el agua profunda y oscura y el sedal estirado hacia delante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban ahora arremolinando para los alisios y él miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua y luego formaban una mancha oscura para volver a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar».
Esta forma personal de ver y sentir el mar inspira en el viejo pescador un sentimiento de amor hacia él, que lo lleva a llamarle «la mar», en femenino, como si fuera una mujer. Se distingue así netamente de los pescadores jóvenes que tienen aparejos de pesca más sofisticados -adquiridos cuando la captura del tiburón daba dinero- y toman el mar como si fuera «un contendiente, un lugar o incluso un enemigo», y le llaman «el mar», en masculino. «Pero el viejo lo consideraba siempre como algo femenino, que concedía o negaba grandes favores, pero, si hacía cosas salvajes o perversas, era porque no podía evitarlo. La luna le afecta como hace con la mujer, pensó». El viejo pescador no toma el mar como un medio para un fin -lucrarse económicamente-, o un lugar de confrontación hostil. Lo ve como un compañero de juego, una fuente de posibilidades de diverso orden, que le permiten a él desarrollar su creatividad y realizarse como persona. Al considerar el mar y los seres relacionados con él como «ámbitos», está bien dispuesto para encontrarse con todos ellos y considerarlos, en casos, como amigos. Esta actitud resalta de modo singular en la relación del pescador con el gran pez que captura y que intenta remolcar hasta el puerto.
El juego dramático entre el pescador y el pez
Más de la mitad de la obra está consagrada al relato de la captura de un pez. Si se tratara de una mera descripción de hechos, estaríamos ante una crónica, sin duda interesante y amena, pero carente del alto valor humanístico que albergan las obras literarias de calidad. Éstas no se consagran a describir una actividad laboral, que implica un proceso de producción fabril; quieren dar cuerpo expresivo a procesos creativos, de uno u otro orden. Para un pescador profesional, su actividad en el mar constituye una forma de trabajo. Pone en juego unas potencias para asumir unas posibilidades y lograr una meta. El pescador moviliza su inteligencia, su astucia, su experiencia, su fuerza física y psíquica para sacar partido a las posibilidades que le ofrece el mar y ganarse su sustento. Esta forma de trabajo puede adquirir sentido de juego creador si el pescador adopta ante cuanto le rodea una actitud no utilitarista sino dialógica, si entra en diálogo con los mismos peces que intenta capturar y establece con ellos un tipo de unidad que tenga alguna semejanza con la que se tiene con un compañero de juego o un amigo. Una actividad es lúdica cuando da lugar a algo nuevo valioso bajo unas normas. El pescador respeta las leyes de la pesca, no intenta imponerse a los peces con medios que superen excesivamente su capacidad de defensa. Echa mano de diversas astucias, que han de ser ligeramente superiores a la viveza de reflejos del animal. En este campo de ataque moderado y defensa, el pescador puede tejer un haz de relaciones cordiales con los seres que intenta apresar.
Es el caso de Santiago, nuestro viejo pescador. Hace ya mucho tiempo que trabaja en vano. Desea ardientemente obtener alguna presa que le permita subsistir. Tras una larga y esforzada espera, de repente nota que un pez ha mordido el anzuelo. Sería perfectamente comprensible que intentara febrilmente rematarlo y llevarlo a tierra, como una simple presa. Pero el pescador no es reduccionista, no reduce de rango a los peces que captura. Les da todo su valor, los estima grandemente, sobre todo cuando son fuertes y nobles y se resisten a entregarse. Naturalmente, los valora en el aspecto económico porque vive de la pesca, pero, lejos de reducirlos a mero objeto de canje, establece con ellos un diálogo entrañable. En cuanto ve al pez que acaba de atrapar, se asombra de su tamaño y su belleza. A medida que lucha con él, admira su fuerza, su valor y tenacidad. Pero no se ablanda, se mantiene en su puesto de pescador tenaz en su actividad y consciente de su papel. «El pez es también mi amigo -dijo en voz alta-. Jamás he visto un pez así, ni oído hablar de él. Pero tengo que matarlo».
Le da pena el pez, que no tiene nada que comer, pero prosigue la dura tarea de retenerlo junto al bote porque ésa es la quintaesencia de su oficio: «Luego sintió pena por el gran pez, que no tenía nada que comer, y su decisión de matarlo no decayó en ningún momento a causa de tal pesar. A cuánta gente puede alimentar, pensó. Pero ¿serán dignos de comerlo? No, por supuesto que no. No hay nadie digno de comerlo, si tenemos en cuenta su comportamiento y su gran dignidad». «Me gustaría dar de comer al pez, pensó. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo y cobrar fuerzas para hacerlo».
Pero no sólo lamenta el daño que está infringiendo al animal, que es un ser vivo y siente, sino que dialoga con él, y este esbozo de comunicación tiene en la soledad del océano una resonancia especial que llena el ánimo del pescador y le hace no sentirse del todo aislado. «¿Cómo te sientes pez? -preguntó en voz alta-. Yo me siento bien y mi mano izquierda está mejor y tengo comida para una noche y un día. Sigue tirando del bote, pez».
El viejo pescador no realiza su duro trabajo con prepotencia y menos con rencor o rabia, porque no toma al pez como un enemigo, ni siquiera como un adversario; lo considera un compañero de juego en la lucha por la vida. En esta contienda, cualquiera de ellos dos puede perder, y el pescador lo acepta como algo natural. «Me estás matando, pez, pensó el viejo. Pero tienes derecho a ello. Hermano, jamás he visto cosa más grande, ni más hermosa, ni más tranquila ni más noble que tú. Ven y mátame. No me importa quién mate a quién».
En su interior se aunaba la admiración por el pez y el deseo de adueñarse de él y sacarle todo el provecho que podía tener para él y otras personas. «Virgen bendita, ruega por la muerte de este pez. Aunque es tan maravilloso.» En la misma línea se hallan muchas otras manifestaciones del pescador. «Pez -dijo-, yo te quiero y te respeto mucho. Pero acabaré con tu vida antes de que acabe el día.» «Cristo, no sabía que fuera tan grande. Sin embargo, lo mataré, dijo. Con toda su grandeza y su gloria».
Hasta tal punto llega el aprecio del pescador por el pez que, cuando los tiburones lo atacan, es como si lo agredieran a él. «No quería mirar al pez desde que había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado, fue como si lo hubiera sido él mismo». Cuando el pez fue convertido en una «ruina» por los tiburones, y carecía de figura, el pescador sintió dificultad para hablar con él. Pero, aún entonces, ideó una fórmula para seguir comunicándose: «Medio pez, dijo; el pez que has sido. Siento haberme alejado tanto mar adentro. He arruinado a los dos, a ti y a mi. Pero hemos matado muchos tiburones, tú y yo, y hemos arruinado a muchos otros. ¿Cuántos has matado tú en tu vida, viejo pez? Tú no tienes esa espada en la cabeza en vano».
La voluntad de vencer
A través de la narración se va poniendo al trasluz el modo íntimo de ser del viejo pescador, su actitud ante las circunstancias adversas, su valoración del oficio al que consagra su vida, su arte de superar la soledad.
En principio, el pescador aparece como un anciano que lucha por sobrevivir frente a la mala suerte. Lleva ochenta y cuatro días sin haber pescado nada. Se adentra en el mar temerariamente y entabla una lucha denodada con un pez gigantesco. Al fin, parece haber logrado una presa valiosa. La dureza de la lucha muestra que el viejo pescador tiene por lema en la vida no darse por vencido. Carece de provisiones y tiene que alimentarse de peces crudos para no desfallecer y proseguir el esfuerzo. Constantemente se insta a sí mismo a tomar alimento, pese a la náusea que le produce. Sufre calambres, las manos se le llagan, el cuerpo entero se le vuelve dolorido. Para cobrar ánimo, se desdobla y habla con sus manos y las insta a que se curen pronto para permitirle rematar la magnífica tarea que está realizando. De cuando en cuando se anima a sí mismo, se reprende, se aconseja. Todo con un fin bien preciso: no quedar derrotado.
Se trata de un hombre anciano, pero fuerte y vivaz, lleno de fe en la vida, de esperanza y humildad. «Todo en él era viejo, excepto sus ojos, y éstos tenían el mismo color que el mar y eran alegres e invictos.» Partía de la convicción de que «el hombre no está hecho para la derrota»; «un hombre puede ser destruido pero no derrotado». En los momentos más duros de su lucha con el pez se da ánimo a sí mismo con objeto de no desfallecer: «No puedo fallarme a mi mismo y morir ante un pez como éste -dijo-».
Esa voluntad de victoria no responde a amor propio o a afán de dominio y posesión, sino a conciencia de la propia dignidad como pescador. Cuando el pez da un brinco y le muestra toda su grandeza, comenta: «Me gustaría mostrarle qué clase de hombre soy. Pero entonces él vería mi mano con calambre. Que piense que soy más hombre de lo que soy, y lo seré». «... Le mostraré lo que puede hacer un hombre y lo que aguanta».
Él mismo se ve como un tipo fuera de lo normal: «Le indiqué al muchacho que yo era un viejo extraño -dijo-. Ahora es cuando tengo que demostrarlo».
¿En qué sentido es «extraño» este pescador, y respecto a quién? Se sale de lo normal entre las gentes de su condición no sólo porque sigue exigiendo a su cuerpo los mayores esfuerzos y arrastra grandes peligros en completa soledad, sino, ante todo, porque sabe ver su actividad desde un nivel desusado: el de los ámbitos y el encuentro. Esta forma elevada de visión le lleva a revisar, en pleno triunfo sobre el gran pez, el sentido mismo de la pesca. Solía pensar mucho en la soledad del mar, y se pregunta si no habrá sido un pecado el haber matado al pez, y concluye que en el gran juego de la vida ambos, el pez y él, han desempeñado su papel, el que tienen asignado. «Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez». «No has matado el pez -pensó- únicamente para sobrevivir y venderlo para comer. Lo has matado por orgullo y porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es pecado matarlo. ¿O lo es más todavía?».
El buen hombre se da cuenta de que está metiéndose en honduras insondables del pensamiento y se dice a sí mismo en voz alta: «Piensas demasiado, viejo». Pero nunca es demasiado cuando se trata de ahondar en el sentido de la propia vida. La vida es una lucha noble entre seres que juegan el papel que les viene señalado por su especie o por la propia vocación y las circunstancias que la deciden. De ahí que Santiago, el pescador, después de recordar que mató al pez en defensa propia y de que lo mató bien, añade: «El pescar me mata a mí exactamente en la misma medida en que me mantiene vivo».
Al pronunciar esta frase, una luz se enciende súbitamente en la mente del anciano, que asciende del nivel en que se da la relación entre el pescador y sus posibles presas, y se percata de que en realidad quien lo sostiene en la vida es la relación de amistad con el muchacho. «El muchacho sostiene mi vida, pensó. No debo engañarme demasiado a mí mismo».
Esta doble observación constituye uno de esos fogonazos que iluminan el núcleo de las obras literarias y permiten penetrar en su sentido más profundo. Lo veremos en el apartado siguiente cuando observemos que, aunque la nada de la derrota absoluta parezca imponerse y llenar el alma de amargura, queda la amistad y llena la vida de sentido.
Para descubrir la fuerza de la amistad verdadera, desinteresada, debemos seguir las peripecias del pescador y vivir con él la inmensa decepción de ver cómo los tiburones, en sucesivas oleadas, van llevándose a dentelladas la carne del gran pez, amarrado al bote, y reduciendo a pavesas las esperanzas del anciano. Éste lucha bravamente más por amor al pez que por conservar una fuente de recursos. Lo hace con tesón y valentía, pero sin odio. Incluso admira a los tiburones, por ser hermosos y nobles y no conocer el miedo.
Al fin se ve impotente para defender a su pez y acepta con serenidad que la espléndida figura de éste se vea reducida a un esqueleto. Se siente inmensamente cansado, «cansado por dentro», espiritualmente. Sin embargo, no se entrega al desaliento. Sabe perder. Parece notar cierto alivio cuando se percata de que todavía está vivo a juzgar por los dolores que siente. Se ve «al fin derrotado y sin remedio», pero se sitúa en la popa y pone todo su empeño en gobernar bien el bote, sin hacer caso de los tiburones que acuden a liquidar la carroña. Había asimilado noblemente la derrota y no sentía el menor rencor ni rabia. «Navegaba ahora livianamente y no tenía pensamientos ni sentimientos de ninguna clase. Ahora ya lo había pasado todo y gobernaba el bote para llegar a su puerto lo mejor y más inteligentemente posible».
Ese estado de ánimo le permite ver el lado bueno de cuanto lo rodea y considera como su amigo al viento que hincha la vela del bote y le permite navegar con rapidez hacia casa. Y ve como amigo al «gran mar, con nuestros amigos y nuestros enemigos», y, sobre todo, la cama se le apareció ahora como la gran amiga: «La cama es mi amiga. La cama y nada más, pensó. La cama será una gran cosa». Por eso piensa que sobrellevar la derrota es mucho más fácil de lo que jamás hubiera pensado. Y, cuando se pregunta quién lo ha derrotado, no piensa en los implacables tiburones; se echa a sí mismo la culpa con toda serenidad: «Me alejé demasiado mar adentro». Ya anteriormente, cuando pensaba que quizá tuviera suerte y pudiera llegar a puerta con la mitad delantera del pez intacta, rechaza tal posibilidad diciendo: «Has violado tu suerte cuando te alejaste demasiado de la costa». Esta observación nos recuerda la maldición que recayó sobre el «holandés errante» por haber traspasado los límites marcados a los navegantes y que Richard Wagner inmortalizó en su conocida ópera.
La amistad es fuente de esperanza
Cuando el viejo pescador llegó, por fin, a su puerto, no encontró a nadie, debido a lo intempestivo de la hora, pero interiormente se sentía, sin duda, acompañado. Siempre había sido sensible a la amistad y la compañía. En sus largas meditaciones frente al inmenso mar se acordaba constantemente del muchacho ausente, el buen Manolín que tantas atenciones había tenido con él. «Ojalá tuviera conmigo aquí al muchacho. Para ayudarme y para que viera esto», exclamó cuando se percató de lo grande y hermoso que era el pez. Pero el anciano se hallaba solo ante la dura tarea de asegurar la presa y llevarla a casa sana y salva. Ese desvalimiento le inspira esta amarga queja: «Nadie debiera estar solo en su vejez. Pero es inevitable». Seguidamente, se insta a sí mismo a no olvidarse de tomar alimento, aunque no tenga apetito, para conservar las fuerzas que tanta falta le van a hacer pues tiene que valerse por sí mismo.
El pescador supera en cierta medida la soledad hablando consigo mismo y con los seres vivos que ve a su alrededor. Pero no deja de notar la inmensa diferencia que existe entre este tipo de diálogos y la interrelación personal. De ahí que, tras la dolorosa derrota sufrida, el recuerdo del muchacho y de las buenas gentes del pueblo le dé ánimos para recoger las últimas fuerzas que le quedan y rehacer el camino de vuelta.
Al encontrarse de nuevo con Manolín, «notó lo agradable que es tener alguien con quien hablar en vez de hablar sólo consigo mismo y con el mar». El pescador le dijo al muchacho: «Te he echado de menos».
Manolín pone de manifiesto sin respeto humano alguno su entrañable afecto al anciano: llora abiertamente, lo cuida, pide que no le molesten, intenta animarlo, proponiéndole trabajar juntos en adelante, le insta a curarse las manos y los pulmones... Este amor desinteresado y leal llena con creces el inmenso vacío interior de un viejo luchador que se ve abandonado por la suerte.
Ese vacío queda expresado dramáticamente en la imagen del esqueleto del gran pez, que ahora «no era más que basura a la espera de que se la lleve la marea». Después de la gran soledad y la amarga decepción, adquiere un relieve y valor especial la imagen que cierra la obra: el muchacho velando el sueño del anciano desvalido.

1 comentario:

uno . dijo...

Pescaíto frito


Llevaba el mar en los ojos,
y no se rendía fácilmente.

¿Qué pasó luego Ernesto?

(... Si es posible aparta de mí ese cáliz.)